Epitafio De Un Asesino by Corrales Antonia

Epitafio De Un Asesino by Corrales Antonia

Author:Corrales, Antonia [Corrales, Antonia]
Format: mobi
Published: 2010-05-31T20:08:07+00:00


Arturo permaneció toda la noche en casa de Adela. Entrada la madrugada, el odontólogo preparó unos batidos de frutas para los dos, mientras ella se daba un baño en la piscina. La profusa descarga de agua que había provocado la tormenta de la mañana había hecho que la noche de aquel mes de agosto fuese más fresca de lo habitual. El croar de las ranas que frecuentaban una charca cercana a la finca se oía tenue. Adela salió de la piscina desnuda y Arturo se acercó a ella rodeando su cuerpo con una toalla de algodón amarilla.

– No sabía que nadases tan bien -dijo Arturo.

– Mi madre, desde muy pequeña, se preocupó de que aprendiese. Ella no sabía -explicó con la cabeza inclinada hacia abajo y sacudiendo sus cabellos.

– Yo no vendería esta casa. Es preciosa. Es el lugar ideal para perderse.

– No quiero seguir viviendo aquí -dijo Adela cogiendo el vaso y sentándose en la tumbona-. Esta casa nunca me gustó. Abelardo se empeñó en comprarla. A mí no me gustaba. Siempre quise vivir en un chalé en Madrid. Me gusta la gente. Adoro el asfalto, las aglomeraciones, las tiendas, el ruido del tráfico… Odio el aislamiento, aquí es como estar recluida. Necesito observar y sobre todo ser observada; me gusta que me miren. Me gusta ver cómo los hombres perdéis la cabeza. Vuestra debilidad ante el sexo es… -dijo sentándose en la tumbona y levantando la toalla para dejar al descubierto sus ingles-. Nuestra economía no nos lo permitía -continuó con calma-, nunca nos permitió demasiadas cosas. Se puede decir que cuando empezó todo era cuando estábamos empezando a vivir. Todo lo que teníamos lo invertimos aquí. Le dejé comprar la finca pensando en venderla con el tiempo, aunque eso no se lo dije nunca. Si se lo hubiese dicho no habría comprado esta casa, no nos habríamos movido del ático de tu padre. Para mí lo más importante era tener algo nuestro, algo que tuviese más de ochenta exiguos metros cuadrados. Allí nunca pude hacer una miserable fiesta. Me avergonzaba invitar a mis amigos. Todos tenían casa en propiedad, casas enormes, con grandes salones, con grandes baños y piscina. Todos eran propietarios.

– Podrías trabajar para mí. No tendrías que vender la casa, no tendrías que emprender ningún negocio, ¿qué te parece?

– Una estupidez. ¡Jamás trabajaré para ti! Nuestra relación está basada en algo que es totalmente incompatible con los negocios. Es más, aunque lo hiciese vendería esta casa.

– Podrías encargarte de los negocios de mi padre. Me refiero a que podrías llevar el sector inmobiliario. Yo no tengo ni idea de inmuebles.

– ¡Qué estupidez! Yo tengo menos idea que tú. No me seduce convertirme en vendedora de casas. A lo único que he dedicado mi vida ha sido a la literatura.

– Entonces serás editora. Mi editora. Iremos al cincuenta por ciento. Tú aportas tu profesionalidad y yo recojo los beneficios.

La expresión de Adela cambió.

– ¿Hablas en serio? -preguntó con evidente interés.

– ¡Por supuesto! Totalmente en serio. Tienes mi palabra.



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